jueves, 20 de abril de 2017

Sanabres 10. Santiago.



Llegar a Santiago siempre emociona; incluso aunque te hayan cambiado la oficina de información al peregrino y ahora sea mucho más insulsa; incluso aunque el camino se haya popularizado tanto que las colas interminables para coger la Compostela te obliguen a hacer una última y sorpresiva etapa del camino, “Santiago-Santiago”, quizá la más cansada de todas; incluso aunque después de tantas horas de soledad descansando de los excesos consumistas esta sea una ciudad tan agresiva, invasiva, atracante.

Pero  emociona, llegar a la plaza del Obradoiro y estar allí de pie un momento siendo el centro, sintiéndote imán, y esperar a llegar a las arcadas del ayuntamiento para tirar la mochila a un lado, sentarme y, entonces sí, levantar la vista para ver la catedral…

Esta sí que está ahí viendo pasar el tiempo. Y los peregrinos. Y viendo pasar el tiempo por los peregrinos que, como en mi caso, llegaron por el francés siendo uno, volvieron por el mismo francés siendo otro, luego por el inglés la única vez que vine acompañado, luego por el portugués, y esta vez, en dos etapas, dos años más viejo, por el sanabrés.

 Y rendirte al torrente evocador: el frío y el calor, la lluvia y la sed, el hambre y los desayunos, las cuestas arriba y las frambuesas silvestres, la plena consciencia de ti mismo y de dónde acabas,  y esa extraña sensación de estar a punto independizarte del gran animal del que has formado parte por unos días, de volver a estar solo, de dejar de ser una célula de esa masa informe que se desplaza hacia Santiago.


Acaba el camino de Santiago y, allí mismo, empieza el camino.

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